/Home/Langre/San Félix Patrón de Langre.

Una de las innumerables víctimas de la última de las grandes persecuciones del Imperio romano contra el cristianismo; y uno de los más ilustres mártires españoles inmolados por el furor del pretor Daciano, encargado de ejecutar la persecución en nuestro país.

En la vida de San Félix, el glorioso mártir gerundense, se mezclan profundamente la historia y la leyenda, hasta tal punto que se hace difícil descubrir su verdadera personalidad. Las actas de su martirio, junto con las de su compañero San Cucufate, fueron adulteradas por manos piadosas pero totalmente indiscretas, careciendo del valor histórico necesario para dibujar sobre ellas la silueta de nuestro biografiado. Nos será necesario, por consiguiente, con pocos datos intentar ver, tras lo que nos cuentan las fuentes, sólo destellos de lo que fue y de lo que hizo San Félix.

Él y su compañero de andanzas Cucufate, nacieron en el continente africano, en la región Scilitana, de familias acomodadas. En Cesarea marítima cursan sus estudios y tienen sus primeros contactos con los seguidores de Cristo, tantas veces declarados enemigos del Imperio y perseguidos con saña diabólica. Las enseñanzas evangélicas hallan terreno abonado en el corazón noble, puro y generoso de los dos jóvenes, que deciden recibir el bautismo. Su decisión y su entrega es tan definitiva que llegarán incluso a dar su vida en testimonio perenne de la divinidad de Jesucristo.

Nos hallamos a finales del siglo III. La Roma pagana empieza a fenecer, para dejar lugar a la Roma de Cristo, que cual nueva ave fénix aparece con una vitalidad inesperada que intentarán ahogar inútilmente en su propia sangre los crueles emperadores romanos. En estos decenios la persecución azota sólo algunas provincias del vasto Imperio, y entre ellas la Tarraconense. La orden de exterminio ha sido dada por los poderosos Diocleciano y Maximiano, que hace poco se han repartido los territorios imperiales, que no pueden ser gobernados con una sola mano.

Félix y Cucufate, saben que sólo una cosa es necesaria: amar a Dios sobre todas las cosas y que para amarle hay que amar primero al prójimo. Quieren ser consecuentes, y deciden abandonar su país, donde aún no ha llegado la orden imperial de exterminio, para ayudar a los cristianos de la Tarraconense a soportar la difícil prueba en que se hallan. Llenos de santo amor y simulando el oficio de mercaderes, pasan el Mediterráneo y llegan respectivamente a Ampurias y Barcino. Félix se traslada a Gerona, que será el centro de sus actividades heroicas. Vienen —como dicen las actas de su martirio— simulando ser mercaderes, porque es el hábito más propicio en este momento y porque llevan entre manos el negocio mejor, que es la salvación eterna, y la mercancía más necesaria, la fe en Cristo.

En Gerona, Félix promueve tanta admiración entre el pueblo por su integridad de vida y por su ferviente caridad, que convierte muchos paganos. Pronto su presencia y actividad inquietan a las autoridades, que le llevan ante el tribunal del Pretor. Del tribunal pasa a la cárcel y después de recibir sentencia condenatoria, es sometido a los más atroces tormentos, de los que es varias veces liberado por intercesión angélica. Primero es víctima de diferentes torturas, después es atado a unos caballos y arrastrado por las principales calles de la ciudad. Curado milagrosamente, pasa nuevamente por diferentes pueblos y, trasladado a la playa de San Feliu de Guíxols, le echan al mar llevando atada una rueda de molino al cuello. Nuevamente es salvado por intercesión de unos espíritus evangélicos que suavemente le conducen a la playa. Por último, termina heroicamente su vida cuando es sometido al terrible suplicio de desgarrarle la carne con garfios de hierro. Esto ocurriría cerca del año 304 y poco después del martirio del apóstol de Barcelona San Cucufate en el Castillo Octaviano, hoy San Cugat del Vallés.

Parece claro que San Félix no perteneció a la clerecía, ni desempeñó algún ministerio sagrado. Era un simple seglar que se convirtió en misionero. Su fervor era tan grande, que no dudó en abandonar su tierra natal, su familia y sus riquezas, para testimoniar su fe en Cristo, para ayudar a nuestros antepasados en la fe a permanecer fieles ante la persecución, incluso hasta entregar su vida y ser con ello simiente de nuevos cristianos.

En nuestro siglo XX, siglo que ha visto aparecer en el seno de la Iglesia con una fuerza jamás esperada el apostolado seglar, Félix, a pesar de la densa leyenda que cubre toda su vida, es un modelo perfecto para los que hoy, dentro y fuera de las organizaciones católicas, intentan seguir la orden del Señor: «Id, enseñad a todas las gentes..”..

Pronto la fama de su martirio se extiende por toda la cristiandad, y cien años después el primer gran poeta cristiano, Prudencio, en su Peristephanon, el libro de los mártires, le citará diciendo:

La pequeña Gerona, rica en cuerpos santos,
mostrará los venerables restos de San Félix.

Los Padres de la Iglesia Visigótica nos contarán sus milagros y los hechos extraordinarios obrados junto a su tumba y el rey Recaredo irá en peregrinación a Gerona para ofrecerle una corona votiva de oro.

Gerona continúa guardando sus preciosos despojos y sobre su sepulcro ha construido un gran templo para recordar a la cristiandad la fe y el amor de su apóstol mártir.

 

Copyright © 2010 Alberto Cobo Cora

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